Confieso que cuando en la universidad veía algún compañero que había acabado su entrega de proyectos el día o días antes sin desvelarse la última noche, pensaba que le importaba poco la arquitectura.
Si no era tan apasionado como para seguir trabajando la última noche, no podía ser buen arquitecto.
Ni mi padre es arquitecto ni ningún familiar mío lo ha sido. Entré en esa carrera sin tener ni una visión lejana de lo que supondría. Normal entonces atribuirle al arquitecto lo que la escuela de arquitectura normaliza.
Los primeros años de profesión me los tragué con esos parámetros.
Luego dejaron de encajarme las cosas. Igual fue fruto de relacionarme con gente que no era arquitecta y percibir lo extraño que percibían lo que hacemos como arquitectos.
Igual que explotara internet y con ello un mundo de conocimiento y posibilidades también influyó.
Sin emabrgo, sigo viendo por ahí a arquitectos con ya años de profesión que asumen comerse mierdas varias. Que dicen que el insomnio forma parte de la profesión.
O que no estudiaron arquitectura para tener una vida sin ajetreos.
Ahí empiezan a acomodarse en su narrativa. Eso luego pasa a la siguiente fase en la que lo que dicen es que ya total, están acostumbrados a esa vida.
Que para acostumbrarse hay que aceptar habértelo comido tantas veces que ya lo haces en piloto automático.
Cada vez que lo veo me pregunto qué le lleva a alguien a aceptar una vida de continuas pequeñas insatisfacciones hasta convertirlo en costumbre.
Me pregunto si no les compensaría más pasar algún que otro año de transición hasta construir algo que les hiciera vivir muchos más años con sensación de satisfacción plena.
No sé si eso de “ya me pongo mañana” y cuando te quieres dar cuenta han pasado todos los mañanas posibles.
Menos mal que yo un día me lo cuestioné todo, si no hoy viviría ya acostumbrada a una realidad de insatisfacciones.
Igual es la diferencia entre dejarse llevar o dirigir tu vida.
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