Te hago una confesión
Confieso que cuando en la universidad veía algún compañero que había acabado su entrega de proyectos el día o días antes sin desvelarse la última noche, pensaba que le importaba poco la arquitectura.
Si no era tan apasionado como para seguir trabajando la última noche, no podía ser buen arquitecto.
Ni mi padre es arquitecto ni ningún familiar mío lo ha sido. Entré en esa carrera sin tener ni una visión lejana de lo que supondría. Normal entonces atribuirle al arquitecto lo que la escuela de arquitectura normaliza.
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